26.10.05

Poderoso caballero es don dinero

Por mucho que se intente cambiar, un año está compuesto de 12 meses. Sin embargo, existen multitud de causas que defender y millones de injusticias que denunciar. No es por ponernos en plan demagogo, pero el hambre, la violencia, la pobreza o la democracia son sólo cuatro cuestiones por las que bien merece la pena combatir.

La piratería, por empeño que pongan en ello la SGAE, la RIAA o Tele 5, no.

La iniciativa que la cadena privada lleva poniendo en marcha desde hace varios años –recibiendo por ello algún que otro premio y centenares de piropos– ha pinchado en hueso este mes de octubre. Desconociendo si lo han hecho de forma consciente o inconsciente, los directivos de la cadena han concluido que la piratería es un problema nacional de primer orden.

Teddy Bautista y la ACAM se ríen de satisfacción: han conseguido colar un buen gol. Lo más lamentable de todo es que, una vez más, se vuelve a equiparar la descarga de archivos de Internet con la mafia. O sea, que sin saber cómo, nos acostamos siendo unos vulgares trabajadores y nos levantamos convertidos en Al Capone. Y todo por bajar un disco de Internet.

¿Qué hay mafias detrás de las descargas P2P? Seguro. ¿Qué las hay detrás de los top manta? Incuestionable. ¿Que muchas discográficas actúan como verdaderas mafias? Pues también, oiga.

Pero eso no es lo que importa. Lo preocupante en este caso es que una cadena de televisión de ámbito nacional dedique todo un mes a difundir la mentira. Contra eso sí que habría que hacer campaña.

Si no han visto el vídeo, lo pueden descargar desde la página de telecinco.

23.10.05

20 años no es nada

Algunas renombradas empresas de Internet han conmemorado durante este año una fecha tan significativa como su primera década de vida; otras más jóvenes (3 años-Internet se notan), pero no menos importantes, andan por el séptimo cumpleaños.

Onomásticas que a algunos nos hacen recordar que también nosotros acumulamos ya algunos añitos desde que empezamos a utilizar aquel invento que cambiaría para siempre nuestros hábitos de comunicación.

Vaya por delante que no soy uno de esos geeks que alardean de usar el PC casi desde que dejaron de mamar el biberón, o de utilizar Internet cuando la mayoría de la gente todavía creía que el fax era el invento del siglo. No soy un early-adopter (léase pionero) de la materia, pero sí acumulo ya algunos años de experiencias cibernéticas, los suficientes como para echar la vista atrás y darme cuenta de cómo han cambiado los tiempos en los últimos años...
Recuerdo mi primer ordenador casero, nada menos que un Pentium 133 que parecía funcionar como un misil.

Recuerdo pasar tardes enteras enganchado al Buscaminas de Windows (“la última y lo dejo, una más y ya está...”), ese juego engendrado por una mente demoníaca. Y utilizar los salvapantallas de Windows Volando por el hiperespacio (¿quién no se ha sentido alguna vez Han Solo ante tan impresionante vista?) y Laberinto 3D, (ni el mismísimo Minotauro habría encontrado la salida), alucinando con el impresionante realismo conseguido.

Memorables mis primeras pantallas azules anunciando errores catastróficos, y el pánico que me entraba ante su aparición. Luego aprendí la –sencilla- solución: perjurar contra todo el equipo de Microsoft, apretar el botón de Inicio y reiniciar el sistema.

Recuerdo cuando guardaba información en un disquete... Y cuando la información se echaba a perder porque el disquete se infectaba con un virus, por entonces el medio habitual de propagación del e-malaje.Y entonces llegó Internet...

Mis primeras sesiones navegando a bordo de Netscape desde un ordenador del aula de informática de la universidad que previamente había que reservar y que no se podía utilizar más de una hora.

Después, con la primera conexión en casa, recuerdo que el ruido que hacía mi primer módem de 56 Ks al conectarse, aquella inolvidable carrac tecno-musical, despertaba a mi padre de la siesta.

Y los metros y metros de cable telefónico pegados a la pared, atravesando tabiques agujereados para conectar con la regleta del teléfono, cuando la tecnología inalámbrica parecía cosa de ciencia-ficción.

¿Y cuando navegaba utilizando Favoritos, o recurriendo a los directorios de los portales?
¿Y cuando utilizaba Copernic, Ozú o AltaVista para mis búsquedas? Claro, aquello sucedía antes de que, allá por el año 2000, alguien me recomendara un buscador de nombre impronunciable “que lo encontraba todo”.

¿Y cuando tuve una cuenta de correo en LatinMail, y después otras en las que tenía que borrar correos después de leerlos porque sólo tenía 2 megas de almacenamiento?

¿Y cuando el spam apenas era una leve molestia que te obligaba a borrar unos pocos correos al día? Por entonces, recibir un mensaje de correo en Outlook Express suponía un sobresalto, ya que cada mensaje contenía información (más o menos útil) que alguien me mandaba.

¿Y aquellas páginas personales alojadas en sitios como Tripod, Geocities o Lycos, con frames por todas partes, contadores de visitas y rústicas animaciones? Entrañables precedentes de los ahora omnipresentes blogs.

Recuerdo la primera vez que alguien me habló de Napster, y descubrí con entusiasmo que personas desconocidas no tenían inconveniente en compartir conmigo los archivos musicales acumulados en su ordenador (otros hablaban de “piratear, bajarse música gratis”...).


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Y ya no hace tanto, la primera vez que vi escrito el símbolo ;- ) en un correo, antes de que las abreviaturas y los símbolos casi reemplazaran por completo a las palabras. Y la historia sigue, sigue y sigue...

Algún día echaremos la vista atrás y cosas como el mp3, el RSS o la telefonía IP nos parecerán entrañables recuerdos de nuestra prehistoria tecnológica, ¿verdad?


Arturito Cazón es colaborador de Baquia.com